miércoles, 7 de diciembre de 2011

Individuos necesarios

                                                              
                                                                             Al coronel Aureliano Buendía, 
                                        muchos años después.
  

  Cuando me enteré del Cervantes a Nicanor Parra corrí a coger un libro suyo.   Como mis libros no siguen ningún orden, tardé bastante en encontrarlo. Al fin, sudoroso, tembloroso ya de cansancio y medio aburrido, lo encontré. Estaba, curiosamente, al lado de Bukowsky, con quien comparte la misma cara de experto en bebecuas y una amorosa y cuidada tendencia hacia la oralidad poética.
  Leí de nuevo sus poemas, que no leía desde cuarto curso de carrera.
  Hay libros que encierran momentos mágicos (por decirlo con palabras de Andrés Amorós) de tu vida.
  Aunque a veces no lo sepas.
  Los Poemas y antipoemas de Parra en Cátedra es un libro de esos. 
  Aunque yo no lo sabía.
  Ahora lo sé.
  Muchos de los poemas del libro están anotados por el estudiante (mediocre) que yo fui, siguiendo las anotaciones de los profesores (mediocres) que yo tuve. 
Qué buen vasallo si oviese buen señor. Ay.
  La cosa es que me hizo ilusión releer mis propias glosas sevillanenses.
  En el primer poema, "Advertencia al lector", Nicanor Parra habla claro:

Y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri della luna

  Al lado de este verso, yo anoté: "O huir de estos cavalieris o ser uno de ellos, pero debe ser con armas poderosas".

  En otro poema, "Solo de piano", yo tengo escrito "y viceversa" al lado del siguiente verso:

ya que también existe un cielo en el infierno

  Otras anotaciones de otros poemas pretenden ser más científicas o al menos menos personales. Abundan cosas como "la repetición es el gran mecanismo para no perderse", "No es un yo egolátrico", "parodia del lenguaje científico", "narratividad de la poesía" y sandeces de ese estilo.

  Pero lo emocionante fue reconocer su letra en el poema "La trampa".
  Su letra menuda, redonda, de trazo firme.
  Minuciosamente anotado, es el poema mejor analizado del libro.
  Diez años después, ¡la letra de Silvia! 
  Inconfundible, claro.
  ¿Qué hace su letra en mi libro? ¿O será al revés?
   ¿Acabé robándole el libro a Silvia, a Rimbaud, a aquella Venus del vino tinto?
Cerré un poco los ojos para leer mejor sus comentarios, precisamente, a ese poema, "La trampa".



LA TRAMPA

Por aquel tiempo yo rehuía las escenas demasiado misteriosas.
Como los enfermos del estómago que evitan las comidas pesadas,
prefería quedarme en casa dilucidando algunas cuestiones
referentes a la reproducción de las arañas,
con cuyo objeto me recluía en el jardín
Y no aparecía en público hasta avanzadas horas de la noche;
O también en mangas de camisa, en actitud desafiante,
solía lanzar iracundas miradas a la luna
procurando evitar esos pensamientos atrabiliarios
que se pegan como pólipos al alma humana.
En la soledad poseía un dominio absoluto sobre mí mismo,
iba de un lado a otro con plena conciencia de mis actos
o me tendía entre las tablas de la bodega
a soñar, a idear mecanismos, a resolver pequeños problemas de emergencia.



  Al lado de la palabra bodega ella escribe: "lugar aislado, subterráneo y oscuro; vino; placeres terrenales de un alma concupiscible".

El poema sigue:


Me producía malestares difusos,
perturbaciones locales de angustia que yo procuraba conjurar
a través de un método rápido de preguntas y respuestas
creando en ella un estado de efervescencia pseudoerótico
que a la postre venía a repercutir en mí mismo
bajo la forma de incipientes erecciones y de una sensación de fracaso.


"Porque todo es incompleto, un simulacro; la relación amorosa es insatisfactoria e inmemorable", anotaba, anotó, ella.



Y aquellas catástrofes tan deprimentes para mi espíritu
que no terminaban completamente con colgar el teléfono
ya que, por lo general, quedábamos comprometidos
a vernos al día siguiente en una fuente de soda
o en la puerta de una iglesia de cuyo nombre no quiero acordarme.


"¿No te das cuenta de que todo está flotando y es difuso, de que todo es indeterminado, aunque Parra utilice un léxico científico?", concluye. 

¿Me lo estaba diciendo a mí o se lo estaba diciendo a ella? Me entraron las dudas pero al volver las páginas reconocí el verso de Umbral, rotundo como un granizo, que ella había copiado en una esquina:


Has oxidado el aire con tu cansancio.
 

Pasé rápido la página y llegué al último poema de la antología: "Soliloquio del individuo".
Me eché a reír. Ese poema ya no me retrotrae a una clase de universidad sino a una noche de excesos, en mi piso de la calle Maravillas, donde Kodro, el Bogart de Utrera y yo acabamos bebiendo pacharán a las seis de la mañana. En no sé qué momento Kodro se levanta, entra en mi cuarto, coge este libro y recita, con esa impostada seriedad que busca el que está muy borracho, el "Soliloquio del Individuo".



Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca.
(Allí grabé algunas figuras)
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
buscar peces, pájaros, buscar leña
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
(...)



En el silencio de la noche, en ese silencio denso del final de la noche que precede a las primeras luces, aquel repetitivo Yo soy el Individuo nos sonaba, curdas perdidos, a música celestial. Ni el mismo Nicanor Parra lo hubiera leído tan bien. 
Fue, como digo, uno de esos momentos mágicos que te brinda la literatura. 
No había vuelto a leer ese poema, aunque hemos recordado en multitud de ocasiones aquel día y aquella noche con su remate poético, o antipoético.
Y la de veces que nos queda seguir haciéndolo.
No lo grabé -su voz nos conducía al paroxismo- así que tendrás que conformarte con el propio Parra, que desde ahora ya es don Nicanor:










martes, 29 de noviembre de 2011

Gracias, Julio


  Cuando en una de sus legendarias columnas de El País, Francisco Umbral citaba a Sabina ("La movida se acaba; hasta en el Rock Ola programan al decadente Sabina"), el cantautor andaluz, emocionado, eufórico, pese a la pulla recibida, le dedica el siguiente soneto:


           A PACO UMBRAL

Nunca olvidabas festejar a Olvido,
a Berlanguita, a Cela, a Ramoncín,
cómo te odiaba, viéndome excluido
de la efímera fama del spleen.

Soñaba que mi nombre, con negritas,
brillaba en tu columna de El País,
entre lumis, cebrianes y pititas,
o con Ana (la amo) vis à vis.

Pero, al fin, mi delirio incontinente
se ha visto, a fuego fatuo, cocinado...
¿qué importa que me llames decadente?

¡Me has citado, dios mío, me has citado!
Ese adjetivo, Umbral, directamente,
al umbral del parnaso me ha llevado.


La misma emoción sentí yo el pasado viernes 25 de noviembre cuando leí, como cada día, las palabras que Rafael Reig escribe en su blog. Te lo cuento.
En su entrada "Hoy es el Día de la Librerías" hablaba de la importancia de los buenos libreros, y mentaba a su amigo Eduardo Gómez de Enterría.
Ambos fueron amigos de... ¡Julio Vélez!
Mañana en el instituto inauguramos la feria del libro en la biblioteca que va a llevar el nombre de...¡Julio Vélez!
Este es Julio Vélez (ya hablaremos de él):





¡Caramba! ¡Caracoles! ¿Tú crees en las casualidades?
El tío a quien más libros le he comprado este último año (Manual de literatura para caníbales, Autobiografía de Marilyn Monroe, Visto para sentencia, Hazañas del capitán Carpeto, Todo está perdonado...) y que tiene el blog más interesante de todos cuantos hay (no te lo pierdas en www.hotelkafka.com) habla del poeta que más he leído en el último mes.
Le escribí un correo invitándole a venir al instituto. Mis alumnos lo conocen. En mis clases lo suelo citar y lo intento emular, porque nadie habla de literatura con esa mezcla de amor y humor. Rafael Reig desacraliza la literatura y te la acerca, te la pone delante, en los labios, para que tú solo tengas que sacar la puntita de la lengua.
¿Quieres aprender literatura? ¿Quieres partirte de risa mientras lees? Entonces cómprate su Manual de literatura para caníbales.
¿Quieres aprobar unas oposiciones de Lengua y Literatura? Cómprate Manual de literatura para caníbales.
Pero a lo que te iba; el caso es que el tío me respondió, y se mostró muy amable, y se ofreció a venir más adelante, para hacer algo con los alumnos.
Créeme: de todos los escritores actuales, pocos hay que tengan su misma imaginación, su mismo ingenio, su misma manera de explicar las cosas.
Así que llevo varios días diciendo lo de Sabina:

"¡Me has citado, dios mío, me has citado!"

Aunque solo sea en respuesta a un comentario.
Gracias, Reig, ya nos tomaremos una por Julio Vélez:





http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig/

domingo, 20 de noviembre de 2011

Carne de perro y agua de la mar salada

  Es como si el destino de nuestra pobre madre patria ya estuviera escrito en un romance del siglo XIV. Delgadina, que ha rechazado ser la amada de su propio padre, es confinada en una sala, comiendo solo carne de perro y a beber agua salada. 
  Viendo el panorama político y económico actual, parece que eso es lo que nos espera: carne de perro y agua de la mar salada. 
  Pero hay una diferencia. Delgadina sufre porque se rebela ante el poder caprichoso de su padre, que quiere beneficiársela. España sufre a pesar de la sumisión de los politicastros que nos desgobiernan ante el poder omnímodo y caprichoso de eso que llaman mercados. Esos mercados que están siempre dándonos por rasca.
  Quiero decir que Delgadina se muere de hambre y sobre todo de sed, pero tiene las posaderas intactas; España está engalgueciendo a base de recortes y más recortes, muriéndose de sed y de hambre, y tiene encima el nalgueo enrojecido.
  Hoy dicen que hay elecciones generales. Y, visto lo visto, habrá también para los fachoides erecciones generales. 
De todas las versiones que siempre existen de un romance, la que sigue es la que más me gusta:


Rey moro tiene tres hijas,
todas tres como la plata.
La más chiquitita de ellas
Delgadina se llamaba.
Un día estando a la mesa
su padre la remiraba.
-¿Qué me remira usted, padre?
-Hija, no te veo nada,
yo lo que quiero es que seas
tú la mi serica amada.
-No lo permita Dios Padre
ni la Virgen Soberana,
que en vida de la mi madre
sea tu serica mala.
-Pronto, pronto, mis criados,
encerradla en una sala:
si pidiera de comer,
carne de perro salada,
si pidiera de beber,
agua de la mar salada,
si pidiera de almohada,
el poyete de la ventana.
Ya se asoma Delgadina
y asomóse a una ventana.
Con lágrima de sus ojos
toda la sala regaba.
Viera pasar a su hermana
jugando juegos de damas.
-Hermana, si eres mi hermana,
dame una poquita de agua
que de sed y non de hambre
salir se me quiere el alma.
-Entrate, perra cochina,
entrate, perra marrana,
que no quisites hacer
lo que el rey, mi padre, manda.
-Hermano, si eres mi hermano,
dame una poquita de agua
que de sed y non de hambre
salir se me quiere el alma.
-Entrate, perra cochina,
entrate, perra marrana,
que no quisites hacer
lo que el rey, mi padre, manda.
Ya se entraba Delgadina
y asomóse a otra ventana.
Con lágrimas de sus ojos
toda la sala regaba.
Viera pasar a su madre
-Madre, si eres mi madre,
dame una poquita de agua
que de sed y non de hambre
salir se me quiere el alma.
-Si el rey, tu padre, se entera
el cuchillo a la mesa
la cabeza nos cortaba.
Ya se asoma Delgadina
y vio a su padre que pasaba.
-Padre, si eres mi padre,
dame una poquita de agua
que de sed y non de hambre
salir se me quiere el alma.
Pronto, pronto, mis criados,
id y traedle el agua.
Ellos en estas palabras,
Delgadina el alma entregara.


Y por aquí una curiosa versión rapeada del romance:


http://www.youtube.com/watch?v=zlrGVSbs4Og


martes, 15 de noviembre de 2011

Ser, del lagarto, el rabo

  ¡Qué vida esta! Todos los días lo mismo, siempre igual. "Andan días iguales persiguiéndose", algo así escribió Neruda, que tuvo una vida de lo más movida. 
  Al ser humano lo destroza la rutina. Por culpa de la rutina se traiciona, o se peca, o se mete uno un pico, o se mata al vecino.
  Sin embargo la rutina no está considerada un pecado capital ni se dan cursos en las escuelas para prevenirla ni los políticos sacan leyes para combatirla. La rutina, el día a día, con su fardo de grisura, es un arma de destrucción masiva. Los personajes de Carver están todos derrotados, amargados, yo creo, porque no están hechos para la vida diaria. Parece que entre la rutina y el dolor, eligen esto último.
  Y es que, a lo mejor, no estamos hechos para esa monotonía de tener que levantarse todos los días y desayunar tostadas, cepillarse los dientes, trabajar, comprar el pan en la tienda de la esquina, indignarse con las noticias de los periódicos, lavar los platos y limpiar el polvo, ese polvo que silenciosa y pertinazmente se va posando en los muebles del salón, con la misma terquedad insidiosa con que nos persigue, -y nos atrapa- la rutina.

  Como siempre, Rafael Reig, en su novela Todo está perdonado, lo dice más y mejor:

  En otras palabras: la especialidad nacional. Aquí nadie tiene suelto, sólo llevamos billetes grandes.
  Todo el mundo está dispuesto a sentir una pasión gigantesca, pero nunca a mostrar la más mínima amabilidad. Tenemos los bolsillos repletos de sacrificios heroicos, aunque jamás aceptamos sufrir pequeñas incomodidades. Si hay una operación quirúrgica, nos pasamos noches en el hospital, pero no hay nadie disponible para cuidar a quien sólo sufre un catarro. Ante una tragedia, todos firmamos un cheque en blanco para cubrir los gastos y, sin embargo, nadie encuentra calderilla para hacer frente a los molestias diarias. Nos sobran billetes para entregar la vida entera por amor y ni una sola moneda para acompañar a la persona amada al súper.
  Nunca llevamos suelto, sólo esos billetes que se pueden exhibir sin peligro de que alguien tenga cambio: siempre acaba pagando otro.
  Que no nos pidan esfuerzos demasiados pequeños, estamos hechos sólo para las grandes ocasiones, fabricados a una escala incompatible con la vida cotidiana, con los dolores sin importancia, con el amor de muchos días y de tantas tardes de domingo lluvioso.
  Y de nada valen nuestras buenas intenciones: la vida nunca tiene cambio.

  Visto lo visto, ¿qué hacer? ¿Cómo vivir? ¿Cómo enfrentarse a los días llenos de horas insulsas, de minutos horriblemente insustanciales, de segundos insufriblemente tediosos? 
  En esta tarde de noviembre hay un cielo envilecido de nubes, unos aŕboles doblados por la lluvia y un frío que está como preñado de sí mismo. Desde mi ventana veo una vieja aplastada por su negro paraguas siguiendo los tañidos como de niño huérfano que tienen las campanas. Rueda por la calle un viento seco, que va dejando un verdín de tristeza en los ladrillos.

Y comprendes, despacio, sin angustia,
que esta tarde no tienes realidad, pues a veces
la vida se coagula y se interrumpe, y nada entonces
puedes hacer contra ello, más que sufrir un sufrimiento
desorientado y perezoso, una manera de dolor marchito,
y recordar, prolijamente,
algunos muertos que fueron desdichados.

  Recordando, pues, como el poeta Félix Grande, a algunos muertos que fueron desdichados, paso la tarde y corrijo exámenes, selecciono textos para mañana, pongo lavadoras, escucho la radio y me acerco a la ventana, como Álvaro de Campos, el heterónimo de Pessoa:
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
ve a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni
amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin 
hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al
que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El paracetamol de William

  Cuenta Vargas Llosa que William Faulkner escribió Santuario en tres semanas, inmediatamente después de El ruido y la furia.
  Yo he hecho algo parecido (bueno, más o menos) y en tres semanas me he leído El ruido y la furia, e inmediatamente después Santuario, novela que he terminado hace un rato, mientras caía la noche por mi ventana.
  Yo creo que no hay nada mejor para darse un enorme atracón de lectura que un buen resfriado, de esos que te tumban en la cama o el sofá, de modo que se van mezclando a lo largo de la tarde la fiebre, el adormilamiento y la trama del libro. Y por si fuera poco, tampoco ha faltado fuera, terca y amable, la lluvia. 
  O sea que ha sido una tarde de un excelente malestar.
  Así que ahora mismo no sé muy bien si he soñado o he leído que Popeye, un matón psicópata e impotente, mata a Tommy, un retrasado mental, y viola luego con una mazorca de maíz a Temple Drake, una muchachita estúpida de diecisiete años a la que luego lleva a un burdel y obliga a acostarse con Red, al que también mata.

  No hará falta decir que he tenido uno de esos sueños agitados en que te despiertas sudando y con el corazón desbocado.

  Por suerte, el amigo William tiene el detalle de no detallar el fatídico instante en que se consuma la horripilante escena de la violación que vertebra la trama de la novela:

Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujeción, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido; era como si el ruido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir "Me va a pasar algo". Se lo estaba diciendo al anciano con las flemas amarillentas en lugar de ojos. "¡Algo me está pasando"!, le gritó al viejo, sentado al sol en su silla, con las manos cruzadas sobre la empuñadura del bastón. "¡Se lo dije"!, gritó, haciendo estallar las palabras como silenciosas burbujas calientes en el silencio cegador que los rodeaba, hasta que el anciano volvió la cabeza y los dos coágulos de flema hacia donde ella, tendida sobre las ásperas tablas bañadas por el sol, se agitaba, sacudiendo brazos y piernas. "¡Se lo dije! ¡Se lo dije desde el primer momento!

  Si Popeye, el sádico gánster, es un impotente, también lo es, en otro sentido, Horace Benbow, el abogado que intenta ayudar a Ruby Lamar y a su  famélico hijo sacando de la cárcel a la pareja de esta, Lee Godwin, otro violento que trafica con alcohol en la casa del Viejo Francés, y que es acusado injustamente por el asesinato de Tommy.

  Pero el supuesto bueno de la película, Horace Benbow, que finalmente no consigue que el pueblo no condene y queme vivo a Lee, tampoco se va de rositas, porque, aparte su condición de ser débil y fracasado, mantiene, en una primera versión de la novela, relaciones de incesto con su hermana Narcissa y con su hijastra Belle.
  De esta manera, la novela bordea ya (incluso lo bordea por el lado de dentro) el rostro más repugnante del mal.  En ella el mal está por todas partes, incluso entre los que parece que quieren hacer el bien.
Eso es lo verdaderamente acojonante, que al final el mal y el bien vienen a ser lo mismo o a tener en el fondo los mismos intereses. Así ve la novela Rafael Reig, que la comenta en su blog magistralmente:

El mal y el bien. Los buenos protegen la inocencia y a las chicas. Los malos les arrancan la ropa y las violan (aunque sea con una mazorca de maíz).
Sí, pero lo terrible es que lo hacen por la misma razón, como le dice al final de la novela a Horace el conductor:
We got to protect our girls. Might need them ourselves.
Tenemos que proteger a nuestras chicas. Podríamos necesitarlas nosotros.

 Horace Benbow tiene 43 años años y está perdido. Es un pobre imbécil asustado (como le dice Ruby Lamar) que ha abandonado a su mujer (que parece ser un poquito casquivana) porque comía gambas y todos los viernes, durante diez años, él ha tenido que ir a la estación a recoger la canasta de las gambas, que gotea, y volver a casa con ellas mientras piensa que su vida se va extinguiendo al igual que esas manchas de gambas desaparecen rápidamente sobre una acera de Missisippi.
Casi al final de la novela, consciente de la inutilidad de todos sus esfuerzos y hundido por la inevitabilidad del triunfo del mal, su pensamiento se desahoga con trágica hondura:


Sería mejor que se muriera esta noche, pensó Horace mientras seguía andando. Y morirme yo también. Pensó en Temple, en Popeye, en la mujer, en el niño y en Goodwin, todos en un solo aposento, desnudo, mortífero, donde las cosas se viesen juntas y también en perspectiva: un único instante, a mitad de camino entre la indignación y la sorpresa, que lo borrara todo. Y también a mí; pensando en que sería esa la única solución. Arrancados, cauterizados del viejo y trágico costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento oscuro que sopla en los largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede tocarse con la mano, oyendo indiferente el prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la injusticia, de las lágrimas.

  Uno termina la novela conmocionado, en estado de catarsis, viendo ahora que los dolores de huesos y de cabeza y las tembleras que me proporcionaba la fiebre  y que eran el preludio de mi muerte no son más que leve cosquilleo, suave rasguño, minucia sin importancia.
  No hay nada mejor que un Faulkner para curarse el resfriado.
  ¡Gracias, William!



miércoles, 19 de octubre de 2011

Sobre eurodiputados y Filibertos

 Entre tanto comentario estupidizante que uno encuentra en el facebook vi esta tarde un enlace de Violeta y Juanlu (mis muy queridos y admirados), a una noticia publicada en el periódico digital Vozpópuli.
Aquí te pongo el titular y la entradilla, para que sepas de qué hablo:


 La propuesta de reducirlos en un 25% no obtuvo respaldo

Los eurodiputados no quieren renunciar a sus 4.300 euros mensuales para gastos sin justificar

El eurodiputado portugués del grupo europeo de la Izquierda Unitaria (GUE), Miguel Portas, ha empezado hoy a recabar apoyos para presentar una enmienda al presupuesto 2012 del Parlamento Europeo que recorte un 5% los 4.300 euros al mes de gastos sin justificar que recibe cada eurodiputado. Portas, el autor de la propuesta fracasada de eliminar los vuelos en primera clase de los eurodiputados para ahorrar dinero al contribuyente, ha explicado que con esta propuesta pretende "verificar si los eurodiputados que propugnan la austeridad en sus países, hacen lo mismo cuando les toca su bolsillo".El eurodiputado portugués del grupo europeo de la Izquierda Unitaria (GUE), Miguel Portas, ha empezado hoy a recabar apoyos para presentar una enmienda al presupuesto 2012 del Parlamento Europeo que recorte un 5% los 4.300 euros al mes de gastos sin justificar que recibe cada eurodiputado. Portas, el autor de la propuesta fracasada de eliminar los vuelos en primera clase de los eurodiputados para ahorrar dinero al contribuyente, ha explicado que con esta propuesta pretende "verificar si los eurodiputados que propugnan la austeridad en sus países, hacen lo mismo cuando les toca su bolsillo".

Vaya, o sea que austeridad sí pero no por mi casa.
Parece que estos gerifaltes no tienen ni repajolera idea de lo que es la coherencia, la solidaridad, la sensibilidad, cosas así. 
En cambio parece que sus señorías, como se ve, son peritos en fariseísmo y doctores cum laude en el noble y milenario arte de apandar.
O sea que hay que recortar pensiones y cerrar plantas de hospitales y reducir el sueldo de los funcionarios y hasta el chocolate del loro para ahorrar manteca.
Pero prohibido tocar los 4.300 euros para gastos ¡sin justificar! de nuestros eurodiputados.
¡Reconcho!, ¿sin justificar? ¿Y eso?
¿No dan ganas de ciscarse en sus muertos, que diría Pérez Reverte?
En este enlace puedes leer la noticia completa, que es muy cortita:

¿No te va creciendo la indignación (es la palabra de moda) a medida que lees la noticia?
  Yo, como tengo algo de masoca, me puse a buscar la misma noticia en otros periódicos, de esos dizque serios. 
Pero, no sé tú, yo no he visto nada ni en El país, ni en El mundo, ni en el ABC,... 
¿Por qué? ¿Será posible? 
Una ola de ardiente ira iba haciendo nido en mi pecho. 

- ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?- se preguntaba el preso catalán de Luces de Bohemia sabiendo lo que le esperaba.
- Lo que le manden- le respondía llorando un abatido Max Estrella. 

Esta semana, mira tú por donde, en el teatro Central, el CAT representa La noche de Max Estrella.
La obra no podía venir más a pelo. 
En la escena siete de  Luces de Bohemia, el humor corrosivo de Valle no deja títere (nunca mejor dicho) con cabeza. 
Los epígonos del modernismo han acudido a la Redacción de El Popular para protestar por la paliza al maestro en un sótano del "Ministerio de la Desgobernación". Allí los recibe el periodista, Don Filiberto, "un hombre calvo, el eterno redactor del perfil triste, el gabán con flecos, los dedos de gancho y las uñas entintadas". Por supuesto, se niega a publicar el atropello, pero no tiene empacho en recordar a los desaliñados bohemios su vergonzante definición del periodismo:



El periodista es el plumífero parlamentario. El Congreso es una gran redacción, y cada redacción un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios. Teosóficamente podría explicárselo a ustedes, si estuviesen ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma.

¡Atiza! ¡Viva la prensa libre e independiente! 
Y lo peor de todo, la España nuestra, ¡oh, cielos!, ¡oh Dioses!, ¿no está llena de Filibertos?
Que se lo pregunten a Monteira, por poner un ejemplo, que fue director de El Público y ahora es Secretario de Estado de Comunicación.
Con que el periodismo y la política revolcándose en el mismo charco...
Qué triste. Que sigamos teniendo un periodismo emputecido...
El periodismo entonces como una puta y la política haciendo de proxeneta.
O eso o yo no lo entiendo.
Quizá porque no estoy iniciado en la noble Doctrina del Karma.
 ¿Tú lo entiendes? A lo mejor esta imagen te ayuda a entenderlo:






miércoles, 12 de octubre de 2011

Desde Iasi con amor

   Vine a Rumanía porque se lo prometí a mi padre.
  Como estoy lleno de prejuicios, y de perjuicios, vine con la idea de pasar unos días en algo así como Comala.
  De momento no he visto zopilotes ni gente fantasmagórica ni llanos en llamas.
  Ni tíos Ceferinos.
  Así que tendré que contarme, y contarte, las historias yo mismo.
  En cuanto me dijeron que faltaba uno para acompañar a diez estudiantes y dos profesores no me lo pensé dos veces. 
  ¡Diez días en la región moldava de la Rumanía! 
  Enseguida repasé junto a Pablo todos los jugadores rumanos que hemos conocido: Hagi, Craioveanu, Illie, Raduciou, Filipescu, Popescu, ...
  Luego repasamos los escritores rumanos que conocíamos: Tristan Tzara, Ionesco..., y para de contar. Y para colmo escribieron sus obras más importantes en francés.
  Por aquí, arrea, no son muy conocidos. Y nada laureados. 
  O sea que no sé de qué hablar con la gente.
 Menos mal que mis alumnos son muy leídos. Mira cómo compran libros dadaístas y de teatro del absurdo:



  Lo hacen también para quitarse el frío, porque saben que la cultura calienta el espíritu. Aquí estábamos helándonos, porque aún no habíamos descubierto los puestos de libros de segunda mano de la calle Alexander Laipeanu:



  La ciudad de Iasi está llena de librerías, de tenderetes con libros que toman el sol de la tarde, de kioskos de libros de segunda mano, de bibliotecas, de librerías anticuarias, de museos literarios, de estatuas dedicadas a sus poetas: Eminescu, Ian Creange, Kosicki, Isaki, Arguezzi...
  ¿Te suena alguno?
  A mí tampoco.
  Habrá que espabilarse.





  En el boulevard de Carol I están todas las universidades. Es una hermosa calle llena de gente joven que baja y sube, que va y viene, que pide cafés a 1 lei (algo así como 25 céntimos de euro) y algún bollo. Tiene grandes árboles y  muchas floristerías y unos tranvías que se arrastran por el asfalto como desangrándose pero que consiguen, tras muchos bufidos, llegar a su destino.
  Yo, cuando veo un tranvía, siempre me acuerdo de una de esas frases geniales de González Ruano:

"Hoy me duele el tranvía que pasa, y hasta el que no pasa".

  A veces, cuando los profesores de Rumanía no me ven, me cuelo en uno de sus muchos cafés y saco un libro de Faulkner (pero del americano te hablo otro día).
  Es como cuando yo era estudiante de COU y me saltaba las clases, jeje.
  Es un placer indescriptible. O inenarrable. O inexpositible. O inargumentable.

  Iasi tiene también muchos monasterios de ortodoxos muy bonitos y eso, y otros muchos edificios de gran valor arquitectónico y tal, pero de eso te hablo también otro día.

  Por estos lares la literatura, ¡barástolis!, está presente hasta en los bares:




  En este pub estuvimos recordando alguno de los famosos aforismos que surgen cada dos por tres en El retrato de Dorian Gray o en La importancia de llamarse Ernesto.
  Y me tuve que tomar algunas guinnes, claro, a la salud de Oscar, por supuesto, que se la dejaron al pobre muy estropeada.

sábado, 27 de agosto de 2011

Jugar a las cabrillas

¿Qué harías tú si encontraras un tesoro? ¿Nunca lo has pensado? Imagínate que encuentras una bolsa con setecientas guineas de oro. O una montaña de doblones de a ocho. ¿Qué harías, eh, con tanto dinero? Los personajes de La isla de tesoro van en busca de uno, siguiendo las pistas que Flint, un pirata con apego a la bebecua, ha dejado en un mapa. Para eso deben equipar un navío y emprender toda una aventura. ¿Valdrá la pena? El doctor Livesey no lo tiene tan claro pero el hacendado Jonh Trelawney es hombre de palabra enérgica:

¡Claro está, señor mío! -exclamó el hacendado-. Tan seguro estoy de que vale la pena, que estoy dispuesto a equipar una nave en el puerto de Bristol, junto con vos y este buen Hawkins, para ir en su búsqueda. No importa que tardemos un año en encontrarlo. 
-¡De acuerdo! -dijo el doctor.

Leer un libro es también como emprender una aventura. ¿Tú crees que vale la pena? ¿Nos espera un tesoro en la última página? Y si lo hay, ¿qué harías con él? ¿Tú estás dispuesto a equipar una nave con aguerridos marineros para llegar al lugar donde se esconde el tesoro? ¿Valdrá la pena?
Mira que durante la travesía pueden acecharte verdaderos peligros. Porque esos tomazos que publica Javier Marías, ¿no son constantemente una amenaza para el lector? Y los adjetivos manidos que te atacan en los libros de Maruja Torres, ¿no te dan miedo?  O las digresiones morales con que intenta aleccionarte el narrador de las novelas de Fernán Caballero..., bufff, ¿tú eres capaz de soportar eso?
Definitivamente, leer un libro es toda una hazaña. 

El caso es que nosotros, como los personajes de la novela de Stevenson, decidimos que sí valía la pena buscar un tesoro. Pero un tesoro de verdad, lleno de monedas de oro, diamantes y todo eso. Así que nos pusimos a ello sin importarnos para nada tener que estar buscando todo un año.
Por la posada "Quintana" barzoneaba todas las tardes la fauna de Prellezo (nortes de Cantabria). Allí descollaban un cuidador de vacas adicto al ibuprofeno y un marinero barbudo que había estado faenando por toda Europa. A este último no solía yo quitarle ojo de encima. Su aspecto rufianesco y desaliñado, sus palabras escupidas al aire de la taberna con un tono desafiante y chulesco, el extraño cofre que siempre llevaba consigo y la tonada que no dejaba de barbotar en los momentos en que el ron le golpeaba con más virulencia me recordaban a alguien.
¿A quién demonios se parece este tío?, pensé una noche mientras él volvía a entonar su estruendosa canción:

Quince hombres sobre el cofre del muerto.
¡Yo-ho-ho! ¡Y una botella de ron!
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
¡Yo-ho-ho! ¡Y una botella de ron!

¡Ya está!- me dije. ¡Es Billy Bones, el filibustero borracho que posee el mapa que conduce al tesoro de Flint!¡Este espantajo legañoso tiene pues el salvoconducto que nos hará ricos!
De modo que una noche de algazara, cuando los ríos de ron y de sidra inundaban el mesón provocando un naufragio de voces, risas, vasos y otras cristalerías, yo aproveché un descuido de Bones para hacerme con el cofre y rescatar, de entre la mucha pedrería que este contenía, el pergamino donde se dibujaba el mapa del tesoro.
Al día siguiente, bien temprano, iniciamos la búsqueda, como los personajes de Stevenson. Nosotros no disponíamos de la "Hispaniola", la goleta que comanda el capitán Smollet, ni falta que nos hacía. Íbamos a pie, protegidos por Antuán, el perro de Alberto. Mientras caminábamos por senderos misteriosos y nos adentrábamos en parajes recónditos yo iba comparando a mis compañeros con los personajes de la novela.
Alberto, por ejemplo, se me parecía al joven grumete Jim Hawkins, por ser más inquieto, enérgico y atrevido que los demás. Encabezaba siempre la expedición, atento a cualquier posible contratiempo. Mira lo que te digo:





Chica, es decir, la doctora Casado, compartía profesión con el doctor Livesey, pero yo la relacionaba más bien con Ben Gunn, el hombre de la isla, el marinero abandonado a su suerte en la isla lejana y solitaria, marooned. Ben Gunn era ágil, valiente y es el que ayuda a Jim cuando este tiene que huir del malvado Silver. A Valle y a Guerle las veía yo como el doctor Livesey y el capitán Smollet, respectivamente. Son el alma del grupo, los que aportan la inteligencia, el sentido común, la practicidad, los que conocen todos los códigos de la piratería y los que no pierden los nervios en las situaciones de mayor tensión. Para mí reservaba el papel del hacendado John Trelawney, de rostro áspero y casi tosco, de piel curtida y bronceada, porque yo estaba dispuesto a hacer lo mismo que él una vez hallado el tesoro:

-Dentro de tres semanas ...  ¡tres semanas!, o quizá de quince días o de ocho, tendremos la mejor nave y la tripulación más escogida de toda Inglaterra. Hawkins será un mozo de cámara como jamás haya habido otro, y vos, doctor Livesey, el médico de a bordo. En cuanto a mí, yo seré el almirante del barco. Redruth, Joyce y Hunter vendrán también con nosotros. Tendremos buen viento y fácil travesía. Sin dificultad hallaremos el tesoro y acudirá el dinero a nuestras manos... Por el resto de nuestros días jugaremos a las cabrillas.


 ¿No es un plan fantástico? ¡Pasarse la vida jugando a las cabrillas! Sentarte en un banco de madera, pongamos por caso, frente a un lago, y tirar piedras contra el agua de forma que estas reboten la mayor cantidad de veces posible.
Pensando en esto llegamos a la playa de Propendu o de la soga secreta (rebautizada así por nuestro capitán Smollet), donde el mar se enfurecía contra las múltiples cuevas que formaban las rocas. La bajada, además,  era muy peligrosa:



Por allí no vimos ningún tesoro, pero nos dio igual porque alguien se puso a recitar este poema de Juan Ramón Jiménez mientras las olas cabrilleaban con fuerza:


                  MAR

Parece, mar, que luchas
-¡oh desorden sin fin, hierro incesante!-
por encontrarte o porque yo te encuentre.
¡Qué inmenso demostrarte,
en tu desnudez sola
-sin compañera... o sin compañero
según te diga el mar o la mar-, creando
el espectáculo completo
de nuestro mundo de hoy!
Estás, como en un parto
dándote a luz -¡con qué fatiga!-
a ti mismo, ¡mar único!,
a ti mismo, a ti solo y en tu misma
y sola plenitud de plenitudes,
...¡por encontrarte o porque yo te encuentre!

                              Diario de un poeta recién casado (1916)




                                                                                                 Playa de la soga secreta, de Isabel Guerle


Sin perder ni un adarme de esperanza, nos encaminamos a la playa de Arnía, donde nos esperaba una tormenta de arena. Tampoco vimos por allí ningún cofre repleto de oro pero sí el espectáculo de este atardecer:

 


Luego subimos al monte, que a mí me recordaba la colina de El Catalejo, por trochas angostas, por veredas escarpadas. Ni rastro de guineas de oro. Nada. Pero sí unas vistas mareantes, deliciosamente mareantes:




Un poco decepcionados regresamos al mesón Quintana, pensando que Billy Bones, aquel bucanero fanfarrón del pueblo, nos había engañado. Llegamos y como no estaba por allí decidimos esperar su venida. Para hacer soportable la espera, pedimos ron, ginebra y una baraja de cartas. 
No éramos ricos, no habíamos encontrado el tesoro, así que necesitábamos quitarnos el disgusto. Empezamos a jugar al hijoputa. Alguien se levantó al rato y trajo unos lacasitos. Pedimos más ron y más ginebra. Y unos pistachos. Poco a poco nos fuimos metiendo en la partida, porque tampoco era cosa de perder encima a las cartas. Sin darnos cuenta fuimos elevando el tono de voz, alguien incluso tarareó la tonada del capitán Flint. Más ron y más ginebra y más lacasitos. Más cartas, más voces, más risas. Fingidas protestas, bromas, chistes, chacotadas. Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas. Ron con coca-cola, gintonic de Smirnoff!, frutos secos, quién reparte ahora, ¿más lacasitos?, te toca, oyes, o cinco o bastos, jarana, cuchufletas, paparruchadas, no vale decir nombres propios ni números, me tenéis que dar las gracias al tirar una carta, chanzas, mofas, te mamas dos, pídeme otra, cinco horas, seis horas, siete horas, payasadas, bufonadas, hay que poner un pie encima de la mesa, hay que intercambiarse una prenda, ocho horas, nueve horas, ron, ginebra, bobadas, desatinos, garambainas...

Al salir del mesón Quintana diez horas después lo comprendimos todo.
Nos sentíamos plenos, eufóricos, felices.
¡Nos sentíamos ricos!; ¡habíamos encontrado el tesoro!
Miré de nuevo el mapa. Vi una anotación de referencia que no había visto antes. Efectivamente, el tesoro estaba en el Quintana.
Ese era el tesoro: una tarde entera de finales de verano jugando a las cartas y bebiendo con los amigos en un pequeño pueblo desconocido.
No hay otro tesoro.
Volvimos a casa. Millonarios ¿Tú crees que están tristes o alegres? ¿Que son pobres o ricas?



Así que al día siguiente nos levantamos y le hicimos caso a las palabras del hacendado Trelawney:




Hasta hoy no hemos estado haciendo otra cosa más que jugar a las cabrillas.

martes, 23 de agosto de 2011

de Cuenca o el desilestizante


   Te podrás leer cien de una tacada y sin empacho, comprobarás asustado que es el placer quien está hozando en tu cuerpo como un cerdo verriondo, segregará tu cerebro camiones de endorfina, por una vez te alegrarás de haber nacido, notarás el lento suicidio de la saliva en tus labios, el enloquecido rechinar de tus dientes, sentirás en tu piel la orgiástica sedición de los sentidos que empezarán a bailar sobre ti una especie de extraña danza africana y serás, por unos mágicos instantes, arrebatadoramente feliz:



EL IMBÉCIL


Era una criatura detestable
en el plano moral, un ser abyecto,
una abominación lovecraftiana.
No era tampoco guapa, ni atractiva,
ni graciosa, ni joven, ni simpática.
Era un montón perverso de basura.
Pues fuiste tan imbécil que por ella
dejaste a la que amabas y vendiste
tu alma en los bazares de la noche.


CUANDO VIVÍAS EN LA CASTELLANA


Cuando vivías en la Castellana
usabas un perfume tan amargo
que mis manos sufrían al rozarte
y se me ahogaban de melancolía.
Si íbamos a cenar, o si las gordas
daban alguna fiesta, tu perfume
lo echaba a perder todo. No sé dónde
compraste aquel extracto de tragedia,
aquel ácido aroma de martirio.
Lo que sé es que lo huelo todavía
cuando paseo por la Castellana
muerto de amor, junto al antiguo hipódromo,
y me sigue matando su veneno.


TUS OJOS


Y tus ojos, tus pétalos de luz,
aquellos ojos que resumían el estío,
vasijas de pureza,
agonizan de sombra en su prisión de nieve
y de silencio.
El mundo es una catedral helada.


POLITICAL INCORRECTNESS


Sé buena, dime cosas incorrectas
desde el punto de vista político. Un ejemplo:
que eres rubia. Otro ejemplo: que Occidente
no te parece un monstruo de barbarie
dedicado a la sórdida tarea
de cargarse el planeta. Otro: que el multi-
culturalismo es un nuevo fascismo,
sólo que más hortera, o que disfrutas
pegando a un pedagogo o a un psicólogo,
o que el Mediterráneo te horroriza.
Dime cosas que lleven a la hoguera
directamente, dime atrocidades
que cuestionen verdades absolutas
como: "No creo en la igualdad." O dime
cosas terribles como que me quieres
a pesar de que no soy de tu sexo,
que me quieres del todo, con locura,
para siempre, como querían antes
las hembras de la Tierra.


ULISES


Atado al mástil.
Las garras afiladas
de las Sirenas.


AMOR UDRÍ


Dame un beso fugaz en la frente. Reserva
lo demás para luego, ese luego excitante
que nunca llegará. Márchate de la alcoba.
Déjame con un palmo de narices, moviendo
tus divinas caderas, y quítate la ropa
despacio, salpicando de tus prendas más íntimas
el suelo de la casa. Que yo seguiré el rastro
de tu cuerpo y, al cabo, te encontraré desnuda
y diré, enarbolando un mínimo estandarte
de tela: "Ya te tengo. Dame un beso, mi vida."
Y tú desviarás los labios, y por mucho 
que yo gima y suspire, seguirás en tus trece,
hurtándome la boca. Hasta que ya no pueda
más y, por un momento, me olvide de las normas
de Tántalo y de Sísifo, y te agarre la cara
muy fuerte con las manos, y te bese a mi vez
en la frente, y te suelte con un gesto de rabia,
y lleguemos al éxtasis del placer más profundo
mirándonos, mirándonos, mirándonos.


HELENA: PALINODIA


No, no es verdad, amor, aquella historia.
No llegó a seducirte aquel imbécil
de rizos perfumados. No te fuiste
precipitadamente de la fiesta
de nuestro aniversario, con los ojos
clavados en el bulto que emergía
de entre sus piernas, y con las narices
saturadas de droga. No embarcaste
en su yate de lujo con lo puesto
-que casi no era nada-, mientras yo
te buscaba en la calle como un loco,
creyendo que te había pasado algo.
No desapareciste de mi vida
como una exhalación y para siempre.
No puede ser verdad aquella historia.


INSOMNIO


La vida dura demasiado poco.
No da tiempo a hacer nada. No hay manera
de reunir los suficientes días
para enterarte de algo. Te levantas,
abrazas a tu novia, desayunas,
trabajas, comes, duermes, vas al cine,
y ni siquiera tienes un momento
para leer a Séneca y creerte
que todo tiene arreglo en este mundo.
La vida es un instante. No me explico
por qué esta noche no se acaba nunca.


EL ASESINO


No hay ventanas por donde pueda escaparse el frío.
Tus venas lo retienen. Estás hinchada y rota.
La noche pone cerco a tu piel, y en tus ojos
el vacío dispone su estúpida carencia.
Mírame bien. Sacude las agujas de sombra
que te ciegan. Dispara tus brazos a la vida.
He venido a por ti. Quiero fundir el hielo
de tu cuerpo. Vender al viento tus despojos.
Traigo un puñal de fuego para abrir tu garganta.
Quiero esta vez ser yo quien te mate, amor mío.

lunes, 22 de agosto de 2011

Coitus interruptus

   Al seminario que la UIMP organizaba sobre Borges en el 25 aniversario de su muerte llegó Jaime Siles, el benjamín de los novísimos, con un sobre marroncito y una tonelada de erudición. Frente a la medianía del resto de los ponentes, Jaime Siles apabulló al personal con una conferencia sobre la influencia de los clásicos en Borges. Rastreó huellas de Plotino, de Homero y, sobre todo, de Virgilio, que es algo así como la bordona clásica en la literatura borgiana. En el coloquio posterior no hubo coloquio. Solo hubo Jaime Siles, su verba preclara, la torrentera impetuosa de sus pensamientos, su vozarrón alto y grueso como una muralla, su profusión de datos y citas y anécdotas y aspavientos.
Toda la sala, en fin, se llenó de Jaime Siles.
Así que salimos de allí abrumados, hundidos, conscientes de la inmensidad oceánica en que chapotea nuestra ignorancia. Y nos tiramos a una librería, claro, con la jodida sensación de que durante toda la vida habíamos estado perdiendo el tiempo. En la librería Gil de Santander, pues, y sintiéndome más insignificante que Gregorio Samsa, compré Cenotafio, la antología que magníficamente edita Sergio Arlandis en Cátedra. Llegué a casa, abrí una Paulaner y con ansia me lancé el libro a los ojos.
De Siles yo no había leído nada, salvo un par de poemas que siempre llevo a clase cuando explico los recursos retóricos, pues el valenciano es un maestro de las aliteraciones y las paronomasias.
Siles empieza siendo novísimo (aunque no apareciera en aquella mítica antología de Castellet) pero muy pronto se pasó a lo que en los años 80 se conoció como "Poética del silencio". 
Es esta una poesía reflexiva, metapoética, minimalista, donde el lenguaje, y no la realidad, es el tema central. 
Más o menos una cosa así:

OBERTURA Y SILENCIO

Tu hueco firme no conoce otro
sonido sino
el de su propio eco:
ese rumor disuelto en transparencia
que va cerrando, en ti, la eternidad.

O también esto otro:

UNIDAD DE LA NADA

Entre el sentido y el contrasentido
vacío vaciedad desde un espacio
que, antes de mí, tan sólo es pensamiento
y en mí, de nuevo, transcrita vaciedad.
Variada vaciedad es el lenguaje,
en el que escribo,
                           una a una,
las gotas del silencio.
                           Idioma de agua
en el que van los signos
hasta un espacio unido en vaciedad.

Unidad de la nada en lo sonoro
que la palabra grafía en su silencio.


Y en este plan. 
¿Qué te parecen? ¿No te dejan frío estos poemas? A mí me hielan. 
No discuto que sea una poesía del conocimiento, de perfección formal, autorreflexiva y de fuerte intelectualismo, blablabla..., todas esas características que el prologuista remarca muy bien en la introducción pero, ¿son gratos de leer? ¿Te los llevarías a la cama una noche de invierno? ¿Regalarías un libro así a un amigo? ¿Y a una gachí?
El prologuista continúa con su análisis de esta estética: eliminación del yo, eliminación de la anécdota poética, eliminación del narrativismo, eliminación del sentimentalismo... a pesar de lo cual no es una poesía fría.
¡Ja! 
Y si siguen eliminando cosas Siles y compañía, ¿sobre qué va a cimentar su poesía? ¡Ah, la poética del silencio!
Además me escama tanta insistencia en que no es una poesía fría. ¿Por qué repite Sergio Arlandis esto a cada instante? 
¿No es una poesía fría? ¿Alguien se calienta con esto?

Pensamiento, presencia que, de un límite,
a su final acciona todo un orbe
pulsado hasta el temblor de lo invisible
desde su espacio abierto a plenitud.

La poesía no puede prescindir de la realidad, tiene que estar impregnada de vida, sucia de calle. 
Yo también abogo por una poesía sin purezas, como Neruda.
Puedes llamarme inculto, perezoso, pinchaúvas, echacuervos, harto de ajos. Pero no me gusta la poesía del silencio.
Nunca me había acercado a ella. Es la primera vez y ¡vaya gatillazo!
Lo siento.
Seguramente la culpa es mía. Los nervios de la primera vez, ya se sabe. 
También es que no estaba concentrado y además me dolía un poquito la cabeza. 
Una poesía reflexiva que te obliga a reflexionar. Eso es un rollo.
 Así no se puede. Yo así no puedo. No se me levanta. Mira que le he puesto pasión pero nada.
No hay manera de tener un orgasmo. 
Siles sí parece que se lo pasa en grande:



Y Luisa Futoransky, escritora y conferenciante argentina que merece capítulo aparte, ¿tú crees que a ella le pone la poética del silencio?:



Y a mis compañeros del curso, tan sonrientes, tan relajados, parece que les va también este tipo de poesía, ¿no?
¿A ti qué te parece?







martes, 9 de agosto de 2011

El mal sagrado

    En Prellezo la luz se despereza con los primeros mugidos de las vacas. Se retuerce y estalla por las traseras del cielo y luego se tumba en las copas de los árboles, de unos árboles altísimos cuyo nombre desconozco y que a lo mejor son abetos o eucaliptus o tejos. Los primeros rayos del sol traen una luz como de cuajado huevo frito. La moneda del sol no sirve para nada y tiene mucho de limosna. Quienes hemos sufrido mucho, sólo podemos recibirla, casi, como una humillación, como un triste óbolo, como un oro tardío. Pronto amanecerán los perros y las gallinas y por los acantilados subirá, tan callando, la espiga de un nuevo día. El campo no me entristece, como otras veces, sin duda porque yo estoy menos triste que de costumbre. O estoy, digamos, con la tristeza aplazada. El cielo va desplegando su azul, de un azul casi incoloro, juanramoniano, y por mis ojos cansados empieza a despeñarse el sueño. No vuelvo del sueño, sino de la muerte. Me despierto, por las mañanas, como si viniera mucho más lejos que el sueño. Un sueño de ocho horas. Me despierto roto, cansado, dolorido y asustado como si viniera de una larga muerte. Sólo cuando enciendo la lámpara y miro el reloj empiezo a estar medianamente seguro de que no me he despertado en un cementerio. Por el balcón no se cuela el clásico cierzo ni el lírico ábrego sino un inocente frío de cagarse en dios. Así que me envuelvo en mi frazada a cuadros, en mi café con leche y en el periódico digital donde se habla de primas de riesgo, de índices bursátiles, de fondos europeos de estabilidad financiera. Han vuelto a quebrar la vida general, pero uno siente, como un dolor local y particular, dentro del dolor grande de cabeza o alma, que han quebrado también nuestra pequeña biografía cotidiana. Sabe uno lo que pasa, lo que quieren, lo que le ocurre a la Historia, pero no se sabe lo que le ocurre a uno mismo. No sé qué hacer con mi vida. ¿Escribir, pasear, buscar más información, unirme a los que se unen, reunirse con los que se reúnen? Después, y antes de que atronen las calles con sus gritos el panadero, el pescadero y el mielero, me asomo a los interiores lluviosos de un hombre desvalido, frío, triste, enfermo, amortajado en vida por los últimos ecos de una soledad animal. Solo. Desesperadamente solo. Paseo en la mañana gris y verde por este barrio madrileño que es mi barrio, tan querido ya, tan triste, donde me nació y me murió un hijo, el hijo, única mano que he tocado, que me ha tocado de verdad en el mundo. El hombre, el escritor, ha escrito más de cien libros y tantos artículos como olas arrastra el Cantábrico . Pero nunca -tanto que jamás ha reeditado el libro- ha sido tan íntimo, tan desnudo, tan descarnadamente confesional como en este Diario de un escritor burgués
    Decidido que la vida es una mierda, la única salida medianamente decente sería el suicidio. La vergüenza de no suicidarme es la humillación bajo la cual vivo. Una vida entre la autohumillación y la mierda. Este hombre vanidoso hasta el insulto y neurótico, este escritor de rosas y látigos, de crímenes y baladas, fue parido con vergüenza y en secreto y entregado para su crianza a una nodriza de senos sarmentosos para que el estigma de su bastardía no llenara de oprobio el nombre de una familia de viejos castellanos. El hombre, el escritor, ha publicado en todos los periódicos, ha escrito todos los libros, ha ganado todos los premios, ha tenido éxito, mujeres, fama, pero la separación brutal de su madre y de su padre al nacer y la muerte lenta luego de su hijo con cinco años le secaron por dentro para siempre. No es la soledad del hombre, de la humanidad, lo que experimento, sino mi soledad personal de hombre que siempre ha estado solo, separado de los demás por landas de silencio, de miedo, de rencor, de vacío, de dolor, de odio, de desprecio. Sólo un ser, sólo el hijo, durante unos breves y rubios años, me llevó de la mano al reino de lo unánime, a la aceptación del mundo. Después volvió a dejarme solo, insoportablemente solo, ya, y dialogo con él mientras voy y vengo por mi día solo. De repente, a mediodía, el paisaje pierde brillo, unas nubes negras pugnan por el cielo y la luz se atasca por los últimos barrancos de la mañana. Tiembla un gato cojo que veo desde el balcón, ladran algunas sombras, ya se huele la cellisca y yo me refugio en las páginas del Diario, preguntándome cómo el dolor de una persona, transmudado sabiamente en palabras, puede provocar tanto gozo en otra. Escribir en la intimidad, con la noche fuera, furiosa, y unos gatos cerca. No creo que ni en Amsterdam ni en el universo haya mayores fórmulas de felicidad.