martes, 1 de abril de 2014

ERASMO


Para suicidarse Erasmo ha elegido la noche, el sábado y el puente de Triana. Desea una muerte literaria y algo macabra y fantasea con que su nombre aparezca al día siguiente en todas las portadas. O al menos en la sección de esquelas del ABC, junto a una nota que ha escrito esa misma tarde explicando sus motivos. Erasmo está encima del pretil, apoyado en una farola y mirando las aguas negras que lo acogerán en su seno. Listo para el último salto. Pero en ese momento pasa por allí ese viandante solitario que en todas las ciudades recorre la noche fatigando su soledad.

—¡Alma de Dios, bájese usted de ahí, ¿no ve que puede caerse?

—Yo ya soy un caído. Hace tiempo que caí de la nube vaporosa de los sueños y desde entonces arrastro mis alas por este mundo, que no es otra cosa que una vulgar ciénaga con mosquitos.

—¿Cómo dice?

—Digo que esta caída será para mí la única forma de ascender.

—Ciertamente, no logro entenderlo pero, mire usted, sea lo que sea, ya pasará. Andaríamos buenos si nos quitáramos de en medio cada vez que sufriéramos un revés. No ganaría el mundo para cementerios.

—El cementerio soy yo. Cada célula de mi cuerpo es un nicho. Cada poro de mi piel, una lápida.

—Tiene usted un hablar muy raro, como de otros tiempos.

—¡Tanto da! Las palabras han arrastrado en todas las épocas el mismo fardo de mentiras. Desde que el primer hombre pronunciara la primera palabra, el lenguaje no ha hecho más que aislar al ser humano y confundirlo. Nada tan inocuo y tan ridículo como una letra detrás de otra letra. La palabra “paz” no trae la paz; la palabra “libertad” no trae la libertad; y, encima, dejan en el ser humano la amarga constatación de una aspiración imposible.

—Pero usted sabe hablar. Y tiene ideas, aunque sean terribles. Eso es esperanzador. Quizá su nihilismo pueda ser el punto de partida para que la próxima generación empiece a construir algo verdadero. Usted tiene alma de filósofo.

— ¡Quiá! La filosofía es un cuento para viejas que toman a las cinco su pastilla. La filosofía, como la pintura, la literatura, la música y todas las artes, no sirve más que para revelarnos el inmenso fiasco del mundo, su trágica insuficiencia, su infinita vaciedad. Y las mejores obras de arte son aquellas que demuestran con mayor claridad que la vida es una engañifa, un churrete, una mascarada.

—Pero la belleza es un fin en sí misma, y eso nos salva, o al menos nos consuela.

—A mí no. En el Guernica yo no veo belleza, sino la crueldad del ser humano; en la Venus de Milo yo no veo belleza, sino la amputación del ser humano; en Madame Bovary yo no veo belleza, sino la estupidez embrutecedora del ser humano. Cada vez que me tropiezo con una obra de arte, siento deseos de matarme.

—¡Oh! Usted es un exagerado.

—¿Exagerado? Escuche cualquier sinfonía de Mahler. Afirmará usted que exudan belleza, ¿verdad? A mí solo me transmiten el fracaso del hombre en su búsqueda de la felicidad. ¡Quién puede vivir con semejante tristeza!  Si escucho tan solo un movimiento, ya  no hago otra cosa más que pensar en volarme la cabeza.

—Pero tendrá usted familia, ¿no? Piense en ellos. En el sufrimiento que su muerte les causará. ¿No le hace eso siquiera dudar?

—No tengo familia. Una soga de esparto coronó el cuello de mi mujer una noche de verano. Después, mi única hija fue devorada a dentelladas durante cuatro años por los perros de la leucemia.

—¡Cielo santo! Aún vivirá alguno de sus padres. Es usted un hombre joven.

—Mi padre se llama Dolor y mi madre, Soledad. A los seis meses, quienes me dieron la muerte creyendo darme la vida me abandonaron en un orfanato católico.

—¡Ah! Pero allí lo habrán educado en la fe cristiana. Allí le habrán convencido de que Dios lo ama y lo protege, pese a todo; los sufrimientos de esta vida se trocarán en momentos de gozo cuando el Señor lo reclame.

—Ningún animal es más depravado que un cura. En aquel infierno de sotanas me vejaron, me humillaron, me violaron. ¡En nombre de Dios! ¡En nombre de Dios! ¡Porque Cristo, su único hijo, así lo quería! Crecí sintiendo envidia de los excrementos del cerdo y de las llagas del leproso. Ahí hallaba más pureza que en el fondo de mi alma.

—La palabra de Dios está por encima de las acciones de sus mensajeros en la tierra. En la Biblia hay esperanza y consuelo, hay amor. Léala de nuevo, como si fuera un diálogo entre Dios y usted, sin mediadores. Quizá eso le ayude a soportar la vida. Olvídese del pasado. Olvídese de todo.

—¿La palabra de Dios? La Biblia es un cuento de los hermanos Grimm; Jesucristo, un lobo con afán de protagonismo; y Dios, tullido, torpe y rencoroso a causa de su invalidez, ha devenido en el más macabro de todos los románticos.

 

El viandante solitario no sabe qué decir. Ha agotado todos sus argumentos. Y como en ningún lugar te enseñan a despedirte de un suicida, se da la vuelta sin abrir la boca y torciendo el gesto. Erasmo lo ve alejarse lentamente, luego mira hacia abajo, hacia la muerte húmeda que lo espera, y cuando escucha un ruido seco y violento, gira la cabeza y ve al viandante solitario que tanto ha retardado su muerte debajo de las ruedas de un camión. Entonces, en ese instante, como en una revelación, Erasmo aprecia la belleza del mundo, la verdad de la vida, la infinita bondad de Dios y de todas sus criaturas hechas a su imagen y semejanza.

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